ISAK HANSEN

alt jeg har i denne
verden er ballene
mine og ordene mine, og jeg vil
ikke knekke dem for noen.Stealth ●●●●●○
Tactics ●●●○○○
Precision ●●●○○○
Endurance ●●●●○○
Speed ●●○○○○
Awareness ●●●●○○
Ingenuity ●○○○○○
Coordination ○○○○○○
Appearance
Height: 187cm
Hair: blonde
Age: 26
Eyes: Blue
Size shoe: 43
Zodiac sign: Scorpio
Nationality: Norwegian
Family Tree: Lars Hansen & Ingrid Adress: ——, Germany.
Tattoos: All over the body
Piercings: none
Personality
Isak es callado, de los que observan antes de hablar, pero no tímido, simplemente no le ve sentido a decir más de lo necesario. Cree que las palabras pueden hacerte preso de tu propia historia.
Ha aprendido a desconfiar por defecto, así que mantiene siempre cierta distancia con todo el mundo, como si estuviera preparado para irse en cualquier momento. No hay nostalgia en eso, solo una adaptación de supervivencia. Le cuesta crear vínculos, pero cuando alguien consigue acercarse, su lealtad es absoluta, casi peligrosa.Tiene una forma fría de gestionar las emociones. No es que no sienta, sino que está acostumbrado a guardarlo todo hasta que no queda espacio, y entonces lo libera de la única forma que sabe: peleando o aislándose. El boxeo no es solo un deporte para él, es una manera de mantener el control. Sin eso, probablemente sería mucho más inestable.En el día a día parece tranquilo, incluso indiferente, pero en realidad vive en tensión constante. Siempre está atento, midiendo a la gente, evaluando riesgos. La violencia no le gusta, pero tampoco le asusta; la entiende como una herramienta más.Con su abuela muestra una versión distinta, cercana, más humana. No sabe expresar cariño con palabras, pero se queda, cuida y cumple.Ha llevado su independencia al extremo: no le importa estar solo y, el hecho es que, se ha acostumbrado tanto a depender únicamente de sí mismo que ya no sabe cómo construir relaciones normales. Para él, las personas solo encajan en dos categorías: trabajo o lealtad, con algunos matices.
Todo lo demás le resulta ajeno.














Nació en una pequeña ciudad del norte de Noruega, donde el frío no solo estaba fuera, sino también dentro de casa. Su madre era cálida pero ausente, siempre cansada. Su padre, impredecible. Había días en los que era un héroe y otros en los que desaparecía durante semanas.Con una cocinera de cafetería y un ex militar, isak aprendió rápido a no hacer preguntas.Su refugio era su abuela, una enfermera retirada de Bosnia durante la segunda guerra mundial, que aún conservaba la mirada firme de quien ha visto demasiado. Ella le enseñó algo que no olvidaría:“Hver levende skapning på denne jorden dør alene.”Cuando tuvo quince años, todo cambió una noche de febrero. Sus padres desaparecieron sin dejar rastro. No hubo despedidas, ni cuerpos, ni respuestas claras. Solo el sonido de unas ruedas quemadas bajo el asfalto. Los servicios sociales intentaron hacerse cargo de él, pero el chico no estaba dispuesto a convertirse en otro expediente más. Desapareció antes de que pudieran llevárselo y se refugió en casa de su abuela.Con el paso de los años, el dinero empezó a escasear. Su abuela ya no podía trabajar y su salud comenzaba a deteriorarse lentamente, con una enfermedad sin cura que avanzaba despacio pero sin pausa, obligándola a depender de que isak le llevara cada semana la medicación. Fue entonces cuando el consejo recibido de buscar trabajo en Alemania parecía una buena oportunidad. Encontró el boxeo. No en un gimnasio convencional, sino en un sótano húmedo donde nadie preguntaba por el pasado de nadie. Golpear le ayudaba a vaciar la cabeza. Recibir golpes le recordaba que seguía vivo. Pronto dio el salto a peleas clandestinas, donde no había reglas ni límites. Allí entendió que todo tenía un precio y que la violencia podía ser una forma de ganarse la vida.Con el tiempo y confianza ajena, consiguió trabajo como personal de seguridad en un club nocturno. No era un lugar cualquiera: el dinero fluía rápido, las drogas circulaban sin control y la gente importante prefería no llamar la atención. Él encajaba perfectamente en ese entorno. No hablaba más de lo necesario, no hacía preguntas y resolvía problemas con eficacia.Mientras tanto, la salud de su abuela empeoraba. La enfermedad avanzaba lentamente, consumiéndola día a día. Él se encargaba de administrarle la medicación, de controlar el dolor, de acompañarla en silencio. Nunca fue especialmente cariñoso, pero su presencia constante decía más que cualquier palabra. Sabía que la estaba perdiendo, y esa certeza lo mantenía en un equilibrio frágil.
Él también la necesitaba a ella.